20090902

Inspector Fernández: humanoide sin alma

Por Roberto Mundaca M.

Digan lo que quieran, pero un buen músico no es garantía de nada. Por eso, las valoraciones exageradas y la atribución de capacidades por encima de las reales, siempre será una torpeza de quienes se dejan seducir por la pirotecnia de la ejecución.

Hace unas semanas atrás, conversando con mis hermanos de Efecto sobre diseñadores, hablábamos de Pablo de la Fuente, cuyo trabajo destaca y saca ventaja de sus pares por una sola razón: tiene alma. Existen diseñadores que dibujan endemoniadamente bien, que han investigado bastante, que utilizan bien las herramientas y los recursos, pero no es suficiente con eso. Lo que diferencia a De la Fuente de sus pares es su capacidad para sintetizar los conceptos y transformarlos en una pieza gráfica. En este sentido, es un canal que interpreta de forma magistral las técnicas, los conceptos que se quieren destacar, la buena narración (o el buen gusto para la elección de los elementos) y la onda que hace falta para ser garantía de buen trabajo. Eso, sumado a la búsqueda de realizar un trabajo honesto, auténtico, profesional y que aporte de alguna forma al espacio en el que se desarrolla, es el alma de un profesional. Hablo de Pablo porque es el primer caso de profesionalismo a toda prueba que se me vino a la cabeza.

Volviendo al rollo de los músicos, hay muchos de ellos que en el ejercicio de su carrera y en la competencia de habilidades y talentos, olvidan la síntesis de su trabajo y la autenticidad, tan subestimada por algunos. Estuve compartiendo con algunos músicos del jazz (algunos de ellos aseguran que el jazz es el camino que los preparará para cualquier desafío musical), que se juzgan entre pares en virtud del talento y virtuosismo que despliegan en el escenario o el estudio de grabación. Una competencia y un espíritu del compañerismo – a mi modo de ver -, cargado de egos y vicios del espíritu en muchos casos. Y barra. Buena o mala barra, lo que conduce muchas veces a crucificar a algunos músicos o a elevar a un altar a otros. No quiero decir que haya músicos que están sobrevalorados, porque creo que la investigación y el trabajo que hay detrás tienen un valor intrínseco; sin embargo sí creo que hay músicos sobredimensionados, cuando se otorgan valoraciones que superan ampliamente la calidad de algunos de sus trabajos, redimiéndolos de antemano de cualquier trabajo mal hecho, mal terminado, o de búsquedas mal emprendidas.

Se me viene a la cabeza Christian Gálvez, destacado jazzista nacional, profesional del bajo, de gran trayectoria y poseedor de una excepcional técnica. Es considerado por muchos como el mejor bajista de la escena nacional, se asoció con otro renombrado músico chileno, el baterista Carlos Figueroa, y con Daniel Guerrero, ex voz principal del dúo La Sociedad, para formar Inspector Fernández, uno de los trabajos discográficos más deplorables de la música chilena. Tan deplorable es, tan pobre y carente de intención, búsqueda y onda, que se huele entre sus tejidos armónicos la ambición por el dinero fácil y la popularidad televisiva, cada vez más decadente. Un trabajo de muy mal gusto, de baja calidad técnica, de alta cursilería y mezquino en entrega lírica. Nada nuevo y completamente desprovisto de alma, esa alma que nadie ve, pero que se siente, que puede percibirse cuando está y cuando es real. Y que también se nota cuando no habita. Y se nota acá cuando los integrantes de Inspector Fernández señalan que están abiertos a cualquier género, que sin duda sabrán ejecutar bien en la búsqueda de generar una gira lucrativa y con ganas de popularidad barata. Así es el mercado del mall. Sumando y restando, esta es una liquidación total, porque por este lado todo parece estar todo a un precio ridículo.

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